martes, 23 de marzo de 2010

La insoportable ingenuidad del ser

Hoy en América se ha visto la luz. Hoy se ha conseguido para la humanidad un hallazgo inigualable: la rueda, el fuego, la máquina de coser, el giro copernicano... todo minucias al lado de tamaño descubrimiento.  Universidades de todo el mundo, al acecho, se encuentran esperando nueva y jugosa información con cuentagotas. Cientos de personas se hallan en este momento hospitalizadas al no tener la capacidad necesaria para digerir la noticia.

Y es que el inestimable esfuerzo de un profesor de la Universidad de Cornell y su hermano teólogo ha servido para descubrir, en un destello inusual de lucidez, el hecho de que hace mil años era más difícil comerse un grandioso plato de comida que hoy. Es más, no contentándose con eso, se han atrevido a afirmar que en mil años han cambiado las técnicas y la forma de explotación de recursos, por lo que el acceso a la comida es en gran medida superior. Han establecido una nueva realidad jamás pensada, realidad que nos obliga a replantearnos nuestros propios mitos y desechar otros tantos. A partir de hoy, será inconcebible imaginar a Jesucristo acudiendo al supermercado, o a Platón encargando un kilo de gambas en el Carrefour.

Para llegar a tan arriesgada conclusión, su investigación se ha valido del análisis de más de cincuenta cuadros de La Última Cena. Obras que, habiendo comprobado de forma milimétrica el tamaño de sus raciones, dan las respuestas a muy diversos enigmas encerrados en el grueso de la humanidad. Me enorgullece ver cómo el ser humano sigue haciendo admirables esfuerzos por despejar la gran x de nuestra existencia, y más cuando llegan a resultados tan satisfactorios como estos.

Como mis motivaciones hacia el desarrollo de la humanidad son una necesidad vital, me he decidido a proponer nuevas hipótesis para resolver esos grandes enigmas de la humanidad que nos desbordan por impenetrables. Algunas me quitan el sueño, como la siguiente.

En esta famosa obra de Munch, datada en 1893, podemos comprobar cómo han cambiado nuestros rostros desde finales del siglo XIX hasta principios del XXI. Cambio sustancial que ni los darwinistas más acérrimos se habían atrevido a remarcar. Facciones estiradas,  falta de tabique nasal, unas manos que sobrepasan el tamaño de la cabeza... por no hablar del color pálido y desesperante que nubla el total de su expresión. ¿Cómo nadie se había dado cuenta antes? Me cuesta creer que nadie haya sacado a la luz tales diferencias. Viéndonos a día de hoy, vemos piercings, tatuajes y gafas de sol. ¿Es que acaso en el siglo XIX no habían piercings?, y aún me atrevo a más...¿Dónde tiene el teléfono móvil el protagonista del cuadro?, ¿Acaso no habían móviles?

Espero que una hipótesis tan arriesgada como esta sea algún dia recogida por un estudio erudito de los Estados Unidos y se empiece a tomar con la relevancia necesaria. Ya está bien. Estoy harto que verdades como esta sigan ocultas a causa de sucios intereses que no permiten la libre investigación.

En fin, espero que mi investigación quede confirmada y pueda irme esta noche a dormir con la convicción de haber descubierto algo que jamás nunca nadie ha tenido la capacidad de inferir por cuenta propia. Gracias, profesor de la Universidad de Cornell, me ha hecho ver la luz.

- ¡Oye, oye!, ¡Papá!, ¿Qué es eso de la agricultura y la ganadería?
- Nada, hijo, nada. Tú mira cuadros.
- ¿Y la revolución industrial, la reforma agraria y la evolución en la técnica de conservación de alimentos?
- Venga nene, que me tengo que ir a la universidad.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Jajajaj muy bueno Korn. Menos mal que no has puesto de ejemplo un cuadro de Picasso xD