viernes, 26 de marzo de 2010

Manual de instrucciones del Papa


Todo instrumento creado para el alivio de los hombres posee un manual de instrucciones. Desde un masajeador orgasmatrón (vendido a orillas de la playa, por supuesto) hasta la aspirina más adulterada. Parece evidente que el Papa, pieza central de esa maquinaria suprema de alivio llamada Iglesia Católica Romana , necesita de uno de ellos para poder funcionar correctamente.

Como todo manual de instrucciones, debe reflejar tanto las ventajas del uso correcto del producto como sus efectos secundarios. Además, el Papa tiene cierta ventaja sobre el resto de objetos susceptibles de manual, pues es el primer y único producto que, en la medida en que es efectivo, tiene contacto directo con su propio creador. Imagínense un zapatero aconsejando a sus zapatos que se esfuercen por no oler. Pues eso.

El problema surge cuando el creador tiene la capacidad de hacer un producto perfecto, pero sabe que para que el negocio progrese es conveniente que el objeto tenga algún fallo. El cliente, al ver que su producto falla, requerirá de nuevas actualizaciones que hagan rentable el producto adquirido. Pues en este caso, si el cliente no queda satisfecho no se le devuelve el dinero.

Este manual de instrucciones tiene incluso nombre propio: infalibilidad pontificia. Esto es, el Papa tiene la verdad absoluta cuando habla sobre asuntos morales. Vamos, que el Papa, cuando dice que hay que prohibir algo por inmoral, no admite réplica. En esto es perfecto. Sin embargo, cuando el creador se preguntó de qué hacer carecer a nuestro Papa, decidió prescindir de cosas como el detector de pederastia o de pobreza. Veamos los efectos secundarios del medicamento:

La enseñanza de la infalibilidad pontificia no sostiene la inerrabilidad del Papa, esto es, la imposibilidad de que el Papa se equivoque en cualquier materia; tampoco sostiene que el Papa sea infalible cuando da su opinión particular sobre algún asunto; por último, tampoco sostiene que el Papa esté libre de tentación ni de pecado.

Bien, ha quedado claro que, cuando se pronuncia en materia moral, es infalible. Por otra parte, si diera su opinión particular, tanto como si su falo se vuelve multicolor, puede estar errando.

 El problema es: ¿Hasta qué punto sabemos discernir lo que es una opinión personal de un mandamiento divino?. Y más importante aún, ¿por qué cuando falla el producto, el cliente no lo desecha?
La segunda pregunta creo que responde a la primera. Pues, a mi juicio, lo que hace que una persona que ha tolerado cientos de abusos a menores, que se ha manchado las manos de tal manera que dudo que tenga valor para mirarse al espejo, esté donde está, ha sido la incapacidad de los fieles para discernir lo que es una opinión personal y un mandamiento divino. Lo que es un mensaje de Dios y lo que es una vil excusa para ingenuos. (aunque probablemente las dos lo sean, en diferente medida). Una opinión y una supuesta verdad absoluta.

En eso, el único culpable no es un anciano que se ha visto con el poder de dominar una masa de encefalogramas dudosos, aquí el real verdugo es quien se toma como verdad absoluta semejantes barbaridades, quien sigue día a día creyéndose cada mandato de un hombre seleccionado mediante nosequé humo. De otra manera no puedo explicármelo, no me entra en la cabeza semejante cerrilidad.

Y, por otra parte, si fuera cierto que el supuesto Dios providente y bondadoso ha sido capaz de aconsejarle a su colega terráqueo que no hay que llevar preservativos a África, donde mueren cada año millones de personas a causa del SIDA, o que, por ejemplo, tampoco ha querido advertirle sobre las atrocidades cometidas a niños que quedarán marcados de por vida, por parte de un puñado de sarnosos desgraciados y reprimidos, sólo puedo remitirme a Saramago:

Siempre he oído decir a los antiguos que las mañas del diablo nada pueden contra la voluntad de dios, pero ahora dudo de que las cosas sean tan simples, lo más seguro es que satán no sea nada más que un instrumento del señor, el encargado de llevar a cabo los trabajos sucios que dios no puede firmar con su nombre.

martes, 23 de marzo de 2010

La insoportable ingenuidad del ser

Hoy en América se ha visto la luz. Hoy se ha conseguido para la humanidad un hallazgo inigualable: la rueda, el fuego, la máquina de coser, el giro copernicano... todo minucias al lado de tamaño descubrimiento.  Universidades de todo el mundo, al acecho, se encuentran esperando nueva y jugosa información con cuentagotas. Cientos de personas se hallan en este momento hospitalizadas al no tener la capacidad necesaria para digerir la noticia.

Y es que el inestimable esfuerzo de un profesor de la Universidad de Cornell y su hermano teólogo ha servido para descubrir, en un destello inusual de lucidez, el hecho de que hace mil años era más difícil comerse un grandioso plato de comida que hoy. Es más, no contentándose con eso, se han atrevido a afirmar que en mil años han cambiado las técnicas y la forma de explotación de recursos, por lo que el acceso a la comida es en gran medida superior. Han establecido una nueva realidad jamás pensada, realidad que nos obliga a replantearnos nuestros propios mitos y desechar otros tantos. A partir de hoy, será inconcebible imaginar a Jesucristo acudiendo al supermercado, o a Platón encargando un kilo de gambas en el Carrefour.

Para llegar a tan arriesgada conclusión, su investigación se ha valido del análisis de más de cincuenta cuadros de La Última Cena. Obras que, habiendo comprobado de forma milimétrica el tamaño de sus raciones, dan las respuestas a muy diversos enigmas encerrados en el grueso de la humanidad. Me enorgullece ver cómo el ser humano sigue haciendo admirables esfuerzos por despejar la gran x de nuestra existencia, y más cuando llegan a resultados tan satisfactorios como estos.

Como mis motivaciones hacia el desarrollo de la humanidad son una necesidad vital, me he decidido a proponer nuevas hipótesis para resolver esos grandes enigmas de la humanidad que nos desbordan por impenetrables. Algunas me quitan el sueño, como la siguiente.

En esta famosa obra de Munch, datada en 1893, podemos comprobar cómo han cambiado nuestros rostros desde finales del siglo XIX hasta principios del XXI. Cambio sustancial que ni los darwinistas más acérrimos se habían atrevido a remarcar. Facciones estiradas,  falta de tabique nasal, unas manos que sobrepasan el tamaño de la cabeza... por no hablar del color pálido y desesperante que nubla el total de su expresión. ¿Cómo nadie se había dado cuenta antes? Me cuesta creer que nadie haya sacado a la luz tales diferencias. Viéndonos a día de hoy, vemos piercings, tatuajes y gafas de sol. ¿Es que acaso en el siglo XIX no habían piercings?, y aún me atrevo a más...¿Dónde tiene el teléfono móvil el protagonista del cuadro?, ¿Acaso no habían móviles?

Espero que una hipótesis tan arriesgada como esta sea algún dia recogida por un estudio erudito de los Estados Unidos y se empiece a tomar con la relevancia necesaria. Ya está bien. Estoy harto que verdades como esta sigan ocultas a causa de sucios intereses que no permiten la libre investigación.

En fin, espero que mi investigación quede confirmada y pueda irme esta noche a dormir con la convicción de haber descubierto algo que jamás nunca nadie ha tenido la capacidad de inferir por cuenta propia. Gracias, profesor de la Universidad de Cornell, me ha hecho ver la luz.

- ¡Oye, oye!, ¡Papá!, ¿Qué es eso de la agricultura y la ganadería?
- Nada, hijo, nada. Tú mira cuadros.
- ¿Y la revolución industrial, la reforma agraria y la evolución en la técnica de conservación de alimentos?
- Venga nene, que me tengo que ir a la universidad.